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II ARQUITECTURA COLONIAL

Viernes, 12 de Agosto de 2011

La llegada de los españoles a suelo americano plantea, para la designación de los fenómenos arquitectónicos que sobreven­drán, una serie de interrogantes que se acumulan en la expresión “arquitectura colonial colombiana”.

En primer lugar es necesario preguntarse si lo que se levan­ta en nuestras tierras puede estrictamente denominarse “arquitectura” o tan sólo “edilicia”. La gran mayoría de construcciones estuvieron destinadas a vivienda y a usos religiosos siguiendo patrones muy sencillos, tipologías básicas que se esta­blecieron desde la Conquista y que se repitieron a ritmo lento en unas tierras que eran periféricas no sólo para el Imperio Es­pañol sino también dentro del Nuevo Continente. En la Nueva Granada no se produjo ningún fenómeno estilístico desta­cado, a diferencia de México o Perú; los méritos formales se redujeron a saber manejar con gracia y talento, es cierto, los ecos de un saber arquitectónico lejano y difuso. Es necesario no equivocarse en cuanto al tono menor, mesurado y modesto predominante en nuestra edilicia colonial. Tal vez es precisamente de ahí de donde proviene, sin embargo, su fuerza y su interés.

En segundo lugar es necesario preguntarse si es lícito hablar de arquitectura “colonial”. Si se tiene en cuenta la rápida de­saparición de los indígenas y de su cultura y el carácter tre­mendamente impositivo y sangriento de la conquista españo­la, podría concluirse que lo que aquí se hizo puede considerar­se tan sólo como un capítulo de las arquitecturas españolas en otro suelo. Si con respecto a la arquitectura indígena son más protuberantes las rupturas que las continuidades, puesto que los aspectos tipológicos, constructivos y decorativos indígenas que se incorporaron fueron relativamente marginales, tam­bién es cierto que la arquitectura neogranadina del período colonial no puede estrictamente ligarse al desenvolvimiento de la arquitectura española. Se trata de una arquitectura peculiar, formada de diversos ingredientes entre los cuales el de mayor peso es el de las constantes tipológicas de las inercias culturales españolas, enfrentadas al reto inmenso de un nuevo territorio.

En tercer lugar es necesario cuestionarse sobre la arquitec­tura colonial “colombiana”, como si esta última realidad his­tórica -la nación colombiana- tuviera algún sentido en el siglo XVI, XVII o XVIII. Colombia no sólo no poseía los límites geo­gráficos actuales en estos siglos, sino lo que es aún más radical: no existía la idea misma de nación (Estado soberano independiente) que es un lento invento posterior. Por lo tanto, solo se ayuda a la confusión histórica utilizando palabras como ‘Co­lombia’ al designar unidades físicas en el pasado. Desde la di­fusa noción inicial de ‘Tierra Firme’ hasta la conformación de virreinatos claramente delimitados, se desarrollan distintos sentimientos de radicación que responden a las diversas imá­genes geográficas que fueron vividas por los habitantes de las distintas regiones. Aunque no podemos reconstruir sistemáticamente este proceso de geografízación, es indispensable tenerlo en cuenta para la conformación del mundo físico duran­te la colonia, para definir la eventual coherencia de los diferentes procesos arquitectónicos y para evitar las tremendas distorsiones que trae el traslado mecánico de la actual división del mundo a otras épocas.

Una vez tomadas estas precauciones en la utilización de los términos nos referiremos de todas maneras a la “arquitectura colonial colombiana”, intentando, para cada momento, preci­sar el peculiar sentido que estas palabras adquieren. Va en ello una alta dosis de imaginativa interpretación pues son hoy muy contados y puntuales los vestigios que quedan sin altera­ción. A lo endeble de los sistemas constructivos hay que aña­dir sismos, abandonos, pobreza, falta de mantenimiento y, por último, picas demoledoras. La superposición de adiciones y arreglos hace hoy difícil -a veces imposible- distinguir en muchas obras lo relativo a cada período, sin contar con las ya desaparecidas; para reconstruir una imagen coherente del de­sarrollo arquitectónico no se cuenta a veces sino con esquivas descripciones documentales. Sabiéndolo así, y para no hacer el inútil ejercicio de repetir los trabajos serios y dispendiosos que han sido realizados por varios historiadores, hemos opta­do por un partido más riesgoso pero que puede resultar intere­sante: intentar reproducir la génesis y procesos generales de estas arquitecturas como un argumento discernible, ayudados por los vestigios físicos y documentales y por la imaginación. Se trata, por lo tanto, de la construcción histórica de hipótesis explicativas (llenas de puntos discutibles, no lo dudamos) a partir del recuento de los “datos” arquitectónicos disponibles.

Desde el punto de vista arquitectónico durante el período colonial se pueden distinguir tres períodos secuenciales, que poseen, cada uno de ellos, una coherencia formal y concep­tual. El primero se refiere al momento inicial de la conquista y dominio de un nuevo territorio, que culmina hacia 1550. A pe­sar de su precariedad y de que prácticamente han desaparecido

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25. MAPA DE AMERICA, S. XVIII. Todavía en el s. XVIII se tenía una imagen muy vaga de la conformación del territorio de la Nueva Granada.

todos los ejemplos de este primer momento, su importan­cia radica en su intensidad creativa: es entonces cuando los conquistadores españoles deben inventar las formas físicas que representan la cultura española en tierras desconocidas. La traza inicial de las ciudades, la construcción de las primeras estructuras defensivas y de las arquitecturas iniciales marca­rán un hito y serán los precedentes obligados del desarrollo ar­quitectónico y urbanístico de los siglos siguientes. El segundo período cubre lo restante del siglo XVI, el siglo XVII y los co­mienzos del siglo XVIII y se refiere a la prolongación inercial de los tipos básicos establecidos. Dentro de un sentimien­to de radicación donde lo español priva sobre lo americano y con una agricultura de subsistencia, las ciudades se van consolidando a paso lento. Salvo casos excepcionales, la arquitectu­ra doméstica y religiosa presenta variaciones mínimas. Los únicos procesos arquitectónicos visibles son la desinterioriza­ción paulatina y la formación efectiva del espacio urbano. El tercer período, básicamente el núcleo del siglo XVIII se carac­teriza por el apasionamiento y el decorativismo. Aunque este movimiento estético general se comparte con España y sus provincias de ultramar, el sentimiento de radicación empieza a privilegiar lo americano sobre lo español, aun dentro del ais­lamiento regional. El auge económico, proveniente de la ex­tracción minera, del comercio y de la organización de la agri­cultura en haciendas, se manifiesta en un auge de la construc­ción que deja una impresionante arquitectura militar, intere­santes ejemplos arquitectónicos “barroquizantes” y un espa­cio público de vocación escenográfica. Entre las décadas fina­les del siglo XVIII y las primeras del XIX se presenta el acade­micismo neoclásico, que expresa en arquitectura dos efectos ideológicos entremezclados: la moda oficial española de las Academias y el sentimiento libertario de algunos pioneros cercano a la revolución francesa y su revitalización de las for­mas clásicas. Dos de sus principales expositores son precisa­mente un clérigo español de formación académica y un pre­cursor de la independencia. Aunque el neoclasicismo no es un movimiento de gran amplitud, su repercusión es importan­te en el desarrollo posterior de la arquitectura en el siglo XIX. Los períodos anteriores no poseen la misma delimitación cronológica para todas las regiones del país. Por ejemplo, ma­nifestaciones correspondientes al siglo XVII se continúan pro­duciendo en ciertas zonas casi hasta los albores del siglo XX; la arquitectura barroquizante o neoclásica está circunscrita a casos aislados en ciertas ciudades específicas. La ausencia de sincronía en la evolución arquitectónica inherente a un país desmembrado en regiones diferentes, no impide la recons­trucción de secuencias generales que brinden cohesión a la ar­quitectura de la Colonia. Por ello, son básicamente estos pe­ríodos los que estructuran los análisis de la arquitectura colo­nial que se presentan en los siguientes capítulos. La delimita­ción tentativa de fechas entre estas distintas etapas posee bor­des difusos y debe por lo tanto tomarse en un sentido muy general, tan sólo como orientación cronológica de los proce­sos arquitectónicos globales.

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historia Cap. II

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